13.5.09

El mendigo


Iba de contenedor en contenedor, en todos ocurría lo mismo al abrirlo, un olor nauseabundo le daba en la cara a modo de bofetón pestilente, le dificultaba la respiración y le hacía toser, pero era necesario meter la cabeza para poder ver si entre los desperdicios hubiera algo que le pudiera servir en su subsistencia precaria.
Tras aquel rostro cetrino y aquel cuerpo enjuto oculto entre ropajes viejos de años y jirones, se escondía una vida que llegó a ser normal, como cualquier otra de otro ser.
Había sido un hombre culto, por ello, cuando sacaba de la basura algún objeto, rememoraba instantes de su pasado. Un espejo de mano roto con empuñadura tallada, semejante al que usaba Candelaria cuando se cepillaba el rubio pelo antes de acostarse y luego aparecía la pasión entre las sombras de la noche, tocaba su cuerpo, tocaba su cabellera y no sabía cuál era más suave. Todavía no se le ha olvidado aún haciendo muchos años de aquello.
Se había provisto de un gancho para poder alcanzar los objetos y las bolsas, ya no tenía la elasticidad de joven, le costaba empinar el cuerpo para poder acceder a lo más profundo del contenedor. Es cierto que lo que más buscaba era la comida, la mayoría de las veces putrefacta y pestilente, pero alguna vez era recompensado el esfuerzo por algún manjar depositado no se sabe por quién, en perfecto estado. Ese día era una fiesta, de nuevo aparecía entre los recuerdos Candelaria y sus viandas encontradas como aquellas que preparaba con exquisita delicadeza.
Siempre fue meticuloso en el comer, ¿Cómo ha llegado a esto?. Saberlo, sí lo sabía, pero consciente solo hace unos años, unos pocos años que había notado su degradación.
En tiempos pasados fue empleado de banca, oficial de oficina, con uniforme de traje y corbata, de zapatos lustrosos, bien afeitado. Aquello ya pasó, ¡Hace tantos años! o quizá le parezca a él muy lejano y no sea tanto.
Hoy es un día de suerte, ha encontrado en una caja con flores brillantes estampadas en la tapa, dos bombones olvidados, intactos, milagrosamente erguidos en su belleza primaria. También, dentro de una caja de galletas, un montón de ellas partidas, algunas deshechas pero aprovechables, esta clase de galletas antes no le gustaban pero ahora saben de otra manera, será por estas necesidades, producto de fracasos y desventuras. Muchas tardes, Candelaria preparaba café y sacaba unas galletas como estas.
Cuando sacó una bolsa llena de vestidos de niña, entre el olor nauseabundo y las lágrimas que acudían a sus ojos sin llamarlas, se le tapó la nariz y con la tos, casi se ahoga. Eran recuerdos muy alegres que le entristecían (Paradojas inexplicables).
Lo que no podía soportar, eran las botellas de vino, aquello fue su perdición. Comenzó a beber cuando prescindieron de sus servicios en su trabajo, comenzó a pensar que no servía para nada, apareció la depresión y los tragos le aliviaban, enardecía su espíritu que nunca fue animoso, pero con el alcohol se sintió más grande, más valeroso y más capaz, hasta que la realidad ganaba la batalla a sus fantasías.
Candelaria trató de ayudarle, quiso comprenderle e hizo todo lo posible para que lo dejara. Aparecieron las broncas y los malos modos. Las amenazas la hundieron en la desesperación. Lo abandonó, era por aquel entonces irrecuperable, inmerso en la maldita miseria que sigue arrastrando.
Aquella percha desvencijada, era suficiente para abrir la caja de los recuerdos, con sus trajes y camisas primorosamente colgadas en el armario.
Ponía Candelaria unos ambientadores que olían de una manera especial, no los ha vuelto a oler, en su lugar, estos malditos olores que le acompañan en sus búsquedas.
Vive en una especie de chabola o cueva en las afueras donde guarda los objetos que recoge junto con sus miserias, algunas veces duerme en algún portal, algunas veces medita en un rincón y pide algunas monedas para su vino.
Abandonó la ciudad que consideró por muchos años suya y se trasladó a este lugar que él nunca había estado, de una ciudad que nunca conocería como propia.
Cada vez los delirios son más frecuentes y el deterioro más acusado, el juez le prohibió el acercamiento, ¡cómo se iba a acercar con aquel estado tan deplorable!. Continua con su va y viene constante, entre estar allí y no estar, entre regresar a la realidad o perderse en lo imaginario, pero Candelaria estaba presente en todos los recuerdos, aquella persona desaparecida y largamente recordada.

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